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sábado, 9 de octubre de 2010

El Premio Nobel de Literatura de 2010, concedido a Mario Vargas Llosa


El narrador y el maestro
El Premio Nobel de Literatura concedido a Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) reconoce una de las obras más sólidas de la literatura contemporánea. Las siguientes páginas son un homenaje al narrador, ensayista, dramaturgo, director de cine y maestro cuya mayor enseñanza es el irrenunciable ejercicio de la libertad.

Mario Vargas Llosa se interrumpe a sí mismo. Se acomoda los lentes a media nariz, desliza una lenta mirada a su alrededor y lanza una pregunta:

—¿Ustedes creen que los personajes de Los miserables conmueven por su humanidad?

La respuesta la soltamos en coro casi todos los estudiantes:

—Sí.

El maestro arquea las cejas, se quita los lentes y los avienta sobre las hojas que tiene desperdigadas en su escritorio. Casi grita:

—¡Pues no. Lo que conmueve es su in-hu-ma-ni-dad! Son unos monstruos quisquillosos e inhumanos. Ignorantes del deseo carnal. Algo que contrasta con Víctor Hugo, que hacía el amor constantemente, incluso con sus sirvientas.

El asombro flota en la clase y la pasión hierve dentro del profesor:

—Hugo pensaba que a su novela le venía bien el título de Las miserias. Luego lo cambió por Los miserables, que quiere decir las víctimas, los pobres, los dolientes. Un mundo lleno de mal en espera de que el bien resplandezca. Es como el gran teatro del mundo, ¿no?

La mayoría de los alumnos somos extranjeros y hemos venido este 2003 a Santander, al norte de España, con la intención de comprender las funciones del narrador en la obra literaria: cómo es, de qué está hecha, cuáles son los secretos de su construcción, sus temas, la relación del texto con el momento histórico en el que se escribe.

Las novelas de Mario Vargas Llosa suscitan elogios. Sus ensayos, en cambio, generan discrepancias.

—Siempre me lo dicen: “Usted es un gran narrador, pero sus opiniones sobre política y economía, pues…” Yo soy un liberal en todo, en las novelas y en los ensayos. Pero respeto las interpretaciones de la gente”.

Formado en la tradición literaria francesa y en el liberalismo anglosajón, Vargas Llosa utiliza una serie de referencias reales y autobiográficas para crear un mundo ficticio en el que el lector siente que vive otras vidas. Es la verdad de las mentiras, diría él mismo. En los años cincuenta del siglo pasado estudió en el Colegió Militar Leoncio Prado y su experiencia la incorporó a La ciudad y los perros. Su primer matrimonio fue con su tía, Julia Urquidi, una relación que le inspiró La tía Julia y el escribidor. Cuando fue candidato a la Presidencia de Perú y perdió la elección ante Alberto Fujimori hizo de El pez en el agua una catarsis.

Pero además de contar historias, reflexiona incesantemente en los cursos que imparte en distintas universidades del mundo o en varios artículos acerca del proceso de creación. En “El viaje a la ficción” dice: “Inventar historias y contarlas a otros con tanta elocuencia como para que estos las hagan suyas, las incorporen a su memoria —y por lo tanto a sus vidas— es ante todo una manera discreta, en apariencia inofensiva, de insubordinarse contra la realidad real. ¿Para qué oponerle, añadirle, esa realidad ficticia, de a mentiras, si ella nos colmara? Se trata de un entretenimiento, qué duda cabe, acaso del único que existe para esos ancestros de vidas animalizadas por la rutina que es la búsqueda del sustento cotidiano y la lucha por la supervivencia. Pero imaginar otra vida y compartir ese sueño con otros no es nunca, en el fondo, una diversión inocente. Porque ella atiza la imaginación y dispara los deseos de una manera tal que hace crecer la brecha entre lo que somos y lo que nos gustaría ser, entre lo que nos es dado y lo deseado y anhelado que es siempre mucho más. De ese desajuste, de ese abismo entre la verdad de nuestras vidas vividas y aquella que somos capaces de fantasear y vivir de a mentiras, brota ese otro rasgo esencial de lo humano que es la inconformidad, la insatisfacción, la rebeldía, la temeridad de desacatar la vida tal como es y la voluntad de luchar por transformarla, para que se acerque a aquella que erigimos al compás de nuestras fantasías”,

Foto: Sonambulus Pin Campana

Con las canas bien peinadas, el traje y la corbata impecables, las explicaciones bien pensadas y unas notas como apoyo, Vargas Llosa es un maestro que habla con mucha seriedad y concentración. Con pasión, sobre todo.

Todas las mañanas entraba al salón del segundo piso del Palacio de la Magdalena, sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en la cumbre de una colina rodeada por el mar Cantábrico, e instalaba el silencio. Comenzaba:

—Bien, ayer nos quedamos en…

Hablaba durante poco más de una hora y luego se disponía a contestar las preguntas de sus estudiantes. A veces dirigía su mirada hacia la ventana, como si ese mar azul turquesa intenso le aclara las ideas.

Las hojas de nuestros cuadernos quedaban repletas de apuntes. Un día llegó y dijo:

—Elegí un título para la clase de hoy: “La vena negra del destino”.

Entonces comenzó a hablar sobre el azar y la casualidad en los personajes de una novela, como elementos que dan vida y suspenso al argumento. Volvió al caso de Los miserables: “Es una novela llena de encuentros fortuitos, instintos, predisposición, determinismo, todo conjugado con el mal y el bien, lo justo y lo injusto. Y así el narrador hace que los personajes interpreten un libreto impuesto, como si la vida fuera una partitura ya escrita”.

Luego comparó a Víctor Hugo con Flaubert: “El primero es el autor de la última novela clásica con un narrador narcisista, y el segundo es el que realiza la novela moderna, en donde el narrador es como Dios: está presente en todas partes y nunca es visible. Con Flaubert los personajes parecen tener más libertad y no se nota tanto la determinación del narrador”.

Enseguida, ante la sorpresa de muchos, aclaró: “El narrador de la novela no es, ¡nunca!, el autor. Es siempre un personaje inventado, el más importante de la novela, sobre todo cuando es invisible. El autor es de carne y hueso. Pero el narrador sólo existe en el tiempo de la historia”.

Vargas Llosa acudía con gusto a dar clases porque, según él, se adentraba así en una especie de laboratorio en donde podía “poner a prueba un proyecto libresco”:

—Son muy amables en esta Universidad. Me dejan venir a sus cursos para hablar de mis cosas. Y me resulta divertido hablar de lo que estoy haciendo. Es como ponerme a prueba: ordeno y organizo mis notas.

Era cierto: dos años después de este curso publicó un libro acerca de Víctor Hugo y Los miserables, titulado La tentación de lo imposible.

Varias veces, al final de la clase, el maestro abría la puerta y se encontraba con una pequeña fila de gente que estaba esperándolo con la ilusión que les firmara algún libro. Si no tenía prisa escribía con calma la dedicatoria y conversaba unos instantes con cada uno. Había una pregunta recurrente: “¿Por qué no le dan el Premio Nobel de Literatura?” Él sonreía a medias y contestaba: “Eso habría que preguntárselo a la Academia Sueca.”

Seis años después de aquel curso en Santander, Vargas Llosa es, por fin, el maestro que el Nobel ganó.
Víctor Núñez Jaime
Tomado del Suplemento "Laberinto" del Diario "Milenio".

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